Los pingüinos de la Antártida tienen una gran ventaja con respecto a los que viven en las latitudes más altas: están lejos de las poblaciones humanas y de los cazadores furtivos que año con año son responsables de dar muerte a miles de especies alrededor del mundo. Por desgracia, ni la lejanía ha evitado que algunos pingüinos hayan sido perseguidos.

La caza de pingüinos es antigua. Es posible que los pueblos nativos de Nueva Zelanda y el sur de África, Australia y Sudamérica regularmente hayan dado muerte a aquellos que anidaban cerca de ellos; no como diversión, sino como forma de subsistencia. Dado que tienen muy pocos depredadores naturales de los que huir y no pueden volar, su captura es relativamente fácil.

A partir del avistamiento de pingüinos en el siglo XV, los europeos comenzaron a cazar pingüinos a nivel masivo.
Típicamente, del cuerpo de los pingüinos se aprovecha el aceite, los huevos, la carne, los huesos, las plumas y la piel. Esta, aunque puede no parecer tan cómoda como la de los mamíferos del Ártico, es gruesa y ha servido para confeccionar prendas diversas.

A partir del avistamiento de pingüinos en el siglo XV, los europeos comenzaron a cazar pingüinos a nivel masivo. La práctica aumentó durante los siglos siguientes, y los cazadores de focas también agregaban pingüinos al botín. Esos cazadores aprovechaban principalmente la grasa, de la que podían obtener un aceite valioso.

Cacería de pingüinos.

Fotografía de Frank Hurley.

El siglo XIX y lo principios del XX fueron los más prolíficos en caza comercial de pingüinos. En esas épocas, su aceite era un recurso económicamente apreciable por ser útil como combustible, material para iluminación y para el cuero curtido. Por otra parte, la piel era demandada para fabricar bolsos, zapatillas, sombreros y gorros, y las plumas se usaban para rellenar almohadas y colchones y decorar algunas prendas de vestir. También los huevos eran más ambicionados que la carne, aunque esto no siempre implicaba matar a los pingüinos.

Algunos nombres de tales épocas son recordados por esta práctica. Joseph Hatch, político británico, era dueño de una importante compañía en Nueva Zelanda que cazaba mamíferos marinos para obtener el aceite durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. A su compañía se responsabiliza la muerte de al menos de 2 millones de pingüinos en el lapso de más de 30 años.

La carne no es tan codiciada como la grasa. La sociedad occidental o que no pertenece a algún pueblo nativo no está acostumbrada a tenerla en la nevera para su consumo; en realidad, anteriormente era más factible que un marinero la probara. Cuando los pingüinos eran cazados específicamente para comerlos, la carne era salada y secada por los marineros para ser consumida hasta semanas y meses posteriores a la muerte del animal. Una fotografía muy conocida, tomada durante el viaje del buque rompehielos Endurance, muestra a un cocinero previa preparación de un pingüino emperador (Aptenodytes forsteri).

Sin embargo, parece que para algunos era un último recurso. Por ejemplo, el explorador Ernest Shackleton alguna vez estuvo varado durante 5 meses en el hielo marino de la Antártida. La comida era realmente escasa y el hambre estaba alcanzando niveles insospechados. Cuando él y su tripulación avistaron las piernas y el pecho de miles de pingüinos en la Isla Elefante, prepararon piezas de trineos y de otros objetos para cazarlos con la intención de satisfacer su hambre.

Por la razón que haya sido, llegó un momento en que varias de las poblaciones de estas aves comenzaron a disminuir aceleradamente por efecto de la caza. En 1867, una compañía mató a cerca de 405,000 pingüinos rey (Aptenodytes patagonicus) para obtener su grasa. En el transcurso de 100 años, la población de pingüinos rey de la isla Macquarie se redujo drásticamente debido a la caza por su grasa, y algunas colonias fueron completamente aniquiladas. En las islas Malvinas, unos 2.5 millones de pingüinos fueron exterminados a lo largo de 16 años. De hecho, los pingüinos rey de las islas Heard y Malvinas fueron aniquilados por completo, y tuvo que pasar hasta 80 años antes de que volvieran a establecerse colonias.

En general, los antiguos exploradores podían matar hasta 3,000 pingüinos para abastecerse de aceite, huevos, carne y plumas durante los próximos meses.

La caza comercial de pingüinos ha disminuido debido al auge de otras fuentes de energía.
La caza comercial de pingüinos ha disminuido debido al auge de otras fuentes de energía y las disposiciones legales que la prohíben. No obstante, aún algunas personas la practican de forma furtiva e ilegal, lo que contribuye a que ciertas especies estén globalmente amenazadas.

Apenas en 1918 la industria del aceite de pingüino fue cesada como consecuencia de protestas públicas y del abaratamiento de las alternativas, pero aún persiste de forma ilegal y como forma de subsistencia en algunos lugares, aunque no faltan personas que aún desean hacerlo comercialmente. Por ejemplo, a principios de la década de 1980 una compañía japonesa pidió permiso al organismo que rige la Antártida para cazarlos y obtener piel, carne y aceite en las costas meridionales de Argentina, pero la petición fue rechazada.

Pescadores de las islas del sur del océano Índico ocasionalmente los capturan pero no suelen consumirlos, pues prefieren usar la carne como cebo.

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