A la mayoría de las personas les gustan los pingüinos, o al menos sienten simpatía o respeto por ellos. A diferencia de los tigres, los tiburones y los osos, no inspiran miedo ni desconfianza. Pero, en esta centenaria relación, no todo ha sido miel sobre hojuelas.

La relación entre los seres humanos y los pingüinos es tan antigua como la relación con otros animales, solo que fueron los nativos del hemisferio sur quienes seguramente interactuaron con ellos primero. Los europeos y asiáticos desconocían prácticamente a estas aves, y solo se percataron de su presencia con el devenir de los viajes de exploración. Dado que no habían visto tales animales, los compararon con las grandes alcas gigantes a los que ellos estaban acostumbrados a ver.

Los europeos y asiáticos desconocían estas aves, y solo se percataron de su presencia con el devenir de los viajes de exploración.
La razón por la que no existen muchas historias, leyendas o mitos sobre pingüinos, es precisamente porque suelen vivir en sitios remotos y los humanos de la Antigüedad no los veían con frecuencia. Siglos después, los pingüinos han alcanzado tanta popularidad que se han vuelto personajes de películas, libros, videojuegos, historietas, series de televisión, etcétera, de manera que casi se ha olvidado que alguna vez fueron masivamente liquidados de muchas zonas para comer su carne, usar su piel para confeccionar prendas de vestir y extraer su grasa, entre otros usos. De cualquier modo, los pingüinos no son rencorosos: es raro que se muestren temerosos ante las personas y pueden permanecer tranquilamente cerca de ellas.

En la actualidad, existen algunas zonas protegidas para mantener las colonias y sus huevos resguardados del peligro de la caza, que aún hoy algunos practican. No obstante, no es raro que ciertos individuos violen las reglas y se adentren en las zonas de cría para obtener un botín que, dicho sea de paso, no tiene el mismo valor que antaño. Hoy la carne de pingüino no es comercialmente redituable, y no hay necesidad de usar su grasa salvo en casos de subsistencia. El lado amable: muchas personas están haciendo continuos esfuerzos para proteger a las aves, con la intención de que su existencia perdure a través del tiempo.

Una parte muy importante de la comprensión de los pingüinos y de los esfuerzos de conservación es la investigación que se ha realizado de ellos. Los estudios en la Antártida se remontan a un par de siglos atrás, y en la actualidad todavía algunos se llevan a cabo ahí. Esto implica que los científicos estén en contacto con ellos de una u otra manera, y que, algunas veces, les coloquen artefactos para monitorizar sus movimientos. Gracias a los avances tecnológicos, dichos artefactos no suelen representar una amenaza para su vida. Otros estudios son realizados en otras colonias, como las de Sudáfrica, Sudamérica o Nueva Zelanda.

En las últimas décadas, varios organismos han organizado visitas guiadas hasta las zonas en donde se encuentran pingüinos. Esto brinda la oportunidad a las personas de observarlos en su hábitat natural, sin rejas de por medio, y de aprender información básica acerca de ellos. Estas visitas deben ser responsables, de modo que eviten perturbar la vida de las aves. Algunas personas, aprovechando la curiosidad nata de los pingüinos y su falta de miedo a los humanos, se acercan demasiado a ellos y hasta se divierten jugando. Aunque parece un acto inocente, no es recomendable que cualquier persona interactúe con ellos de ese modo, pues pueden ponerse nerviosos o asustarse y entonces afectar su comportamiento, y algunos incluso pueden tornarse un poco agresivos. De todas los tipos, los pingüinos crestados tienden a ser más temperamentales. Lo mejor es permanecer a más de 3 metros de ellos y observarlos sin intervenir en sus actividades.

Un estudio de 2012 publicado en la revista BMC Ecology y liderado por Vincent Viblanc, de la Universidad de Lausana en Suiza, arrojó datos interesantes. De acuerdo con las observaciones de una colonia de pingüinos rey (Aptenodytes patagonicus) de una isla subantártica que ha tenido presencia humana durante al menos 50 años, los individuos marcados con etiquetas mostraron tener menor número de polluelos y menor tasa de supervivencia, lo cual sugiere cierto nivel de estrés que afecta su comportamiento y sus funciones reproductivas que en los pingüinos sin etiquetas. El estrés puede ser resultado simplemente de la presencia continua de humanos en sus sitios de anidación, así como del ruido generado por ellos y las actividades científicas aplicadas.

Los expertos aún no saben hasta qué grado los pingüinos pueden ser afectados por la perturbación humana, pero es una cuestión de importancia trascendental. En suma, la relación entre Homo sapiens y los esfeneciformes es compleja y complicada. Si bien el ser humano ha logrado aprender mucho de lo pingüinos, el reto es aprender cómo mantener con ellos una relación sana que no devenga en consecuencias negativas.

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